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Pampanito, poesía y crónicas
Pampanito Trujillo Venezuela. Poesía, crónicas, arte, historia.

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21/08/2007 GMT -4

La Semana Santa y las gallinas de oro

pampanito @ 11:59

Abg. Gregorio Riveros Santos
Cronista del municipio Pampanito

Se dice, que Don Jerónimo Pimentel Barroeta, llegó al pueblo de Pampanito un “Viernes Santo” a finales del Siglo XIX, con varias mulas cargadas de gallinas y maletas polvorientas llenas de oro. En esos tiempos, era el cura del pueblo el Pbro. Diego José Martínez (y también lo fue el padre Juan Francisco Urbina). Al llegar, Don Jerónimo compró una de las mejores casas cerca de la capilla pública, donde algún día se construiría la plaza del pueblo. Se supo rápido que era un hombre acaudalado. Tenía muchas morocotas, y el patio de su casa repleto de gallinas. Y que de esas, sólo siete gallinas negras eran sus mascotas preferidas que siempre lo acompañaban.
A Don Jerónimo nadie le conocía su ascendencia, ni tampoco se le conocían hijos, tenía la costumbre todos los “viernes santo” de sacar sus maletas para el patio de su casa, y sacar las morocotas y las pepitas de oro que guardaba celosamente enterradas en un lugar de su casa, o en algún lugar del pueblo. Tenía la costumbre de sacar sus riquezas para que le pegara el sol. Decía que eso servía para que no se dañara el oro, y tenía la creencia que sacando su riqueza los “viernes santo”, eso le aumentaba su fortuna. Y además de tener muchas morocotas, tenía muchas pepitas pequeñitas de oro, listas para fundirlas en bellas joyas. Todo el pueblo sabía de su fortuna. Y que soñaba con marcharse para Europa.
Pero una vez, el honorable Jefe Civil Don Ambrosio, fue llamado por Don Jerónimo, para que le ayudara a contar las morocotas y las pepitas de oro. Así lo hizo. Contó todas las morocotas y las pepitas de oro que estaban asoleadas en el patio de la casa. Mientras que Don Jerónimo, sentado en una poltrona, lanzaba maíz a las gallinas, y espantaba las gallinas negras que molestaban el delicado trabajo del Jefe Civil. Por boca de esta autoridad, todo el pueblo supo de aquella costumbre que tenía el dueño de las gallinas negras de asolear las morocotas y las pepitas de oro en época de “semana santa”.
Ya sabía Don Ambrosio que para el año siguiente haría lo mismo. Y así ocurrió, salvo que ese año, no pudo contar ni las morocotas ni las pepitas de oro. Ese día “Viernes Santo”, Don Jerónimo sacó a asolear solamente las pepitas de oro, y las dejó tendidas en el patio. Y allí estaban él con sus siete gallinas negras. Aquel día, todo lo ocurrido hacía presumir que no tuvo tiempo de desenterrar las morocotas. Entonces, bien temprano, el Jefe Civil se marchó, y prometió que regresaría al mediodía para ayudarle a asolear y contar las morocotas. Eso era para darle tiempo a Don Jerónimo de desenterrar las morocotas. Cuando regresó al mediodía, encontró a Don Jerónimo tirado en el piso del solar de su casa. Estaba muerto. No había ningún oro. Y las gallinas se habían desaparecido.
Y mucho tiempo antes que el General Vicencio Pérez Soto, Gobernador de Trujillo, construyera en el año de 1912, la Plaza de Pampanito ubicada frente a la capilla pública del pueblo, ya se escuchaban los comentarios de aquél personaje llamado Don Jerónimo Pimentel. Decían que salía a desenterrar las morocotas: que desanda los “viernes santo”, que salía con unos duendes en la Peña de Jacob en la entrada de Pampanito (por los caminos de La Muralla, porque en esa montaña estuvo ubicada la casa del acaudalado escocés Don Jacob Antonio Roth). También se dice que “las sietes gallinas negras” se comieron las pepitas de oro, y se convirtieron en “las siete gallinas de oro”. Y que todos los “viernes santo”, luego de las 12 de la noche, las gallinas salían por el pueblo con un pico y un plumaje reluciente de un hermoso amarillo intenso porque se comieron las pepitas de oro; y por aquellos tiempos cuando no había luz en la Plaza de Pampanito, las siete gallinas de oro se paseaban con majestuosidad exhibiendo su rico plumaje heredado de la fortuna de Don Jerónimo. Por eso, el pueblo se ponía silencioso los “viernes santo”, y las noches eran oscuras y desoladas.
Una vez, el borrachito del pueblo, José Encarnación, que no le dio tiempo de regresar temprano a su casa, las vio pasar por el medio de la plaza, y se puso a caminar detrás de aquella deslumbrante fila de siete gallinas de oro, que iban dejando a su paso un fino y atractivo camino cubierto de pepitas de oro que muy alegre recogía José Encarnación, hasta que perdió la razón, y pasó muchos meses atrapado en esa alucinación espirituosa. Cuando un buen día amarrado a su cama despertó y contó la hermosa locura de haber caminado junto a las siete gallinas de oro. Y se dice, que también las vieron en lugares desolados, y en los polvorientos y oscuros caminos del pueblo, y toda persona que tuviera la suerte de verlas se quedaba paralizado ante el susto espantoso que se unía maravillosamente con la hermosura del misterio de aquellas siete gallinas de oro.
NOTA DEL CRONISTA: No se comprobó la existencia del nombre de Jerónimo Pimentel Barroeta, ni tampoco conseguimos en el registro público el apellido de José Encarnación. Pero si de la existencia de los Curas del pueblo para el año 1873: los presbíteros Diego José Martínez y Juan Francisco Urbina; y un Jefe Civil llamado Ambrosio González, quien trabajó en Pampanito en el año 1874; y también de la propiedad del escocés Jacob Antonio Roth, en la peña que está en la entrada de la Urbanización La Muralla; y de verdad la plaza Bolívar que hoy conocemos la construyó por primera vez el gobernador de Trujillo Vicencio Pérez Soto en el año de 1925, e inaugurada el 19 de diciembre de 1926. Lo demás es creación de la ficción que encaja en la tradición oral y la cultura propia de los pueblos en tiempos de Semana Santa. (Tlf. del Cronista: 0416-7700349).

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